miércoles, 15 de abril de 2015

Vialidad invernal

Ahora al invierno lo llaman así

"Avergonzado de ser andaluz".

 La carta del ex interventor general de la Junta de Andalucía

De "indignidad" tacha la actitud de Chaves y Griñán



Una vez conocido el contenido de las declaraciones ante el Tribunal Supremo de los expresidentes de la Junta de Andalucía, Srs. Chaves y Griñán, he decidido solicitar prestar declaración ante el Magistrado que instruye la causa de los ERE en el Tribunal Supremo.

El motivo fundamental de mi decisión reside en el hecho de que, tanto Griñán como Chaves, han basado su defensa en tratar de desviar su evidente responsabilidad en el fraude hacia los interventores de la Junta de Andalucía.

Esta conducta de los dos expresidentes es una indignidad, desde varios puntos de vista:

En primer lugar, porque actúan embozados bajo el inicuo aforamiento tras el que se esconden, sin que los aludidos podamos responder.

En segundo lugar, porque es indecente desviar hacia los inferiores la responsabilidad por actos propios.

Y, en tercer lugar, porque las acusaciones están basadas en un cúmulo de invenciones que es preciso delatar.

Después de conocer el contenido de las declaraciones de quienes han presidido la Junta de Andalucía en los últimos 25 años me siento tan avergonzado de ser andaluz que, si fuera legalmente posible, pediría de inmediato mi desnaturalización.

En el asunto de los ERE, el Gobierno de la Junta de Andalucía, con respaldo de la mayoría del Parlamento y asistiendo como espectador mudo la Cámara de Cuentas de Andalucía, actuó como el Alcalde que decide apagar todos los semáforos de la avenida, con el presunto propósito de mejorar la fluidez del tráfico. Ahora, el Alcalde niega que él apagara los semáforos y pretende desviar su responsabilidad por los muertos en accidente hacia la policía de tráfico. Cuanto más insiste el Alcalde en ello más parece que el motivo de la medida no fue la fluidez del tráfico, sino permitir la huida de los ladrones con más facilidad.

Es también muy apropiada esta otra alegoría: el Gobierno de la Junta de Andalucía, con respaldo de la mayoría del Parlamento, al aprobar el Programa presupuestario con el que se financiaban los ERE, echó a rodar cada año un automóvil sin frenos. Y, como señaló Griñán en la Comisión de Investigación del Parlamento, a él no le importaba que el coche circulara sin frenos, porque el coche no era suyo. Ahora parece que el coche era del Interventor.

Este suspiro por el Interventor que exhalan el Sr. Griñán y el Sr. Chaves en sus declaraciones ante el Tribunal Supremo, lo que de verdad pone de manifiesto es que no necesitaban un interventor. Lo que realmente habrían necesitado es un tutor que, como a los menores de edad, supliera su falta de capacidad y competencia, en las diversas acepciones de ambos términos. O, mejor aún. Lo que habrían necesitado es un ángel de la guarda, que velara sus sueños de incuria y abandono.



Manuel Gómez Martínez

Fui Interventor General de la Junta de Andalucía entre 2000 y 2010

NB: Autorizo la publicación total o parcial por cualquier medio de la totalidad del texto y ruego que se comparta y difunda. Gracias.

viernes, 27 de marzo de 2015

Tataki, Makro y Gastrogón

Gonzalo con el lomo de
atún, después de marcarlo
El resultado del tataki con su salsa,
 sus algas y su tomatito

Inmortalizado
Se marca el lomo de atún al fuego, se introduce en agua con hielo para que no se deshaga al cortarlo. Se prepara la salsa, se añade el acompañante y listo. ¿Fácil? No tanto. Pero experimentar siempre es posible. Gonzalo de Gastrogón lo bordó el 18 de marzo en La Semana de la Hostelería en el Makro de Alcalá de Guadaíra.




jueves, 26 de marzo de 2015

Bienvenido Mr. Alierta

Y llegó la fibra óptica

LA LLEGADA



"Programarme un destino de última hora"


Se había hecho de noche y la lluvia, pertinaz, golpeaba los raíles y tatareaba su canción monótona sobre los tejados de los vagones del tren en el cual se encontraba.

Algo extrañado, el viajero, sin saber a dónde se dirigía, sin ni siquiera conocer porqué se encontraba en el asiento 2A, de clase preferente (pues no era consciente de disponer de billete o, incluso, de haber contratado ningún recorrido) y provisto tan sólo de una pequeña cartera de cuero, cuya forma no reconocía, aunque supuso contenía el ordenador portátil que había sido su compañero de trabajo durante tantos años, trataba de averiguar el destino final del trayecto.

“Quizás, pensó, mi secretaria se ha visto obligada a programarme un destino de última hora; razones de urgencia, trabajos de última hora en la oficina o cualquier otra causa de fuerza mayor explican este inesperado viaje”, pensaba, mientras intentaba dormir, como los otros compañeros del vagón.

En otros asientos, anotó nuestro personaje, se encontraba gente de variada edad, personas solitarias, aunque, generalmente, algo mayores que él o envejecidas; sin duda, profesionales o turistas jubilados, ávidos de llegar a un destino de ensueño o a una reunión de trabajo, importante y vital para la empresa como todas aquellas en las que nuestro protagonista había participado e intuía también sería aquella a la cual se dirigía en estos momentos.


"Inexplicable viaje"
La inquietud, un ligero frío o una cierta extrañeza por la precipitación y la ausencia de referencias acerca del final o causa de su viaje, le impidieron dormir, limitándose a tratar de encontrar referencias o memorizar los lugares por dónde el tren pasaba, bajo un paisaje oscuro, carente de luna o de luces artificiales.

Tampoco le pareció oportuno interrogar a unos compañeros que, ensimismados, parecían adormecidos y sólo se intuía tras la ventana una sucesión de sombras, un mundo plagado de brumas y sin iluminación, tras unas ventanas que, decididamente, no le parecieron muy limpias, ni apropiadas para un viajante de su categoría y clase profesional.

Cuando volviera a la oficina (consideró mentalmente) demandaría explicaciones convincentes al Departamento de Recursos Humanos por ese, le pareció, inexplicable viaje, ausente de referencias, de explicaciones, de la programación adecuada y de un medio de transporte apropiado a su clase y cargo.

Tras un esfuerzo que a nuestro protagonista le pareció agónico, el tren se detuvo ante un elenco de edificios, vagamente grises que, supuso, serían la estación de llegada.

Sorprendentemente, desde un altavoz lejano una fría voz de mujer le instó a descender en la parada, mientras sus compañeros, por primera vez durante la noche, le dirigieron algunas sonrisas e, incluso, algún que otro tímido saludo de despida y tópicos deseos de buena suerte.

"De su infancia aguardaba en la entrada de la estación"


Al llegar, observó que dos sombras oscuras le estaban esperando.

Sin decir palabra, pero con formalidad y rigor a un mismo tiempo, le cogieron su cartera y sin darle tiempo a otra reacción, le llevaron literalmente a la salida.

Un automóvil, con una forma similar a los taxis de la ciudad de su infancia, aguardaba en la entrada de la estación, con las puertas abiertas y las luces encendidas, presto a partir en un instante.

Amablemente, el conductor le preguntó cuál era el nombre del lugar al que se dirigía nuestro viajero y, él mismo, sorprendido, sin esfuerzo, ni entonación forzada, pero también sin conciencia de decirlo, pronunció: “Al Infierno.”, lentamente pero la convicción de haber conocido su meta desde hacía mucho tiempo.

En ese momento, en la Caldera 25, Horno A, Incendio 27, del Departamento de Recepción X, incorporado a la Sección de “Pecadores y Malditos Varios”, sonó una llamada y varios demonios aburridos que soportaban de mal humor una interminable guardia nocturna, empezaron a preparar los instrumentos de tortura y fuego eterno, apropiados para acoger al nuevo huésped.

DOMINGO CARBAJO VASCO

Madrid, 22 de marzo de 2015.



"Al infierno"